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Entrevista a Santiago Kovadloff

El resultado de las primarias del domingo pasado, como mínimo, condicionó el futuro del cristinismo, pero a la vez, la oposición se encontró con una mayoría que no reconoce padres, con un grado tal de fragmentación que impide proyectar escenarios. Viernes dialogó con Santiago Kovadloff, filósofo crítico del kirchnerismo y referente de dirigentes opositores, sobre los dilemas de un sector político al que no le resulta fácil digerir sus triunfos.

por Federico Poore
Ámbito Financiero, 16-08-2013

«Los kirchneristas me dicen oligarca conservador. No se dan cuenta de que sólo soy un radical desencantado», lanza Santiago Kovadloff en su casa de la calle Riobamba, en Barrio Norte. El escritor y filósofo, que alguna vez se reconoció como interlocutor de figuras de la oposición como Ernesto Sanz, Francisco de Narváez o Mauricio Macri, habló con Viernes a horas de realizadas las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) que significaron la peor derrota electoral del kirchnerismo en sus diez años de Gobierno, pero que también consolidaron la dispersión regional de las oposiciones a la administración nacional.

¿Cuál es su balance de las primarias del domingo?
Han confirmado una tendencia muy marcada en las marchas que tuvieron lugar el año pasado y este año: la necesidad de que cambie la orientación del Gobierno nacional. Esta demanda viene siendo mayoritaria hace ya mucho tiempo, pero la Presidenta se limitó a tomarla como un síntoma de la disconformidad con las transformaciones que estaba llevando adelante. Ése fue su error. Esta demanda se expresó el domingo a favor de una transformación de la que ella ya no formaría parte. El peronismo, en tanto, probó su versatilidad una vez más derrotándose a sí mismo en las elecciones.

¿Qué lectura hace del papel de la oposición?
Creo que la expectativa social en torno a ciertas figuras que podrían ser las protagonistas de este cambio es cautelosa. Existen indicios de que las dirigencias políticas han oído la exigencia de interdependencia, pero exageraríamos si creyéramos que es suficiente. Después hay liderazgos inéditos. El de (Hermes) Binner es uno de los más acentuados, lo que no significa que tenga proyección nacional, pero sí que construyó una alternativa en el campo de la socialdemocracia. La Capital también presentó un perfil novedoso y sería necio negar que el PRO ha perdido el monopolio del electorado (opositor). El Gobierno de Macri ha hecho un esfuerzo enorme para posicionarse como eficiente; sin embargo, la demanda social, que ha volcado su interés al centroizquierda, parecería pedir algo más que eficiencia: una respuesta al drama ético que se le plantea a la política a partir de la corrupción y el autoritarismo.

¿Es posible llamar centroizquierda a un frente que llevó a Alfonso Prat Gay de candidato?
No sé por qué ellos se designan como «izquierda». Para mí la izquierda es (Néstor) Pitrola, todos esos partidos que sacaron bajos porcentajes. En cuanto a la centroizquierda, prefiero llamarla -con Luis Gregorich- socialdemocracia, aquella que le garantiza al sistema la existencia de un ala progresista por oposición a un centroderecha, con aspectos más conservadores. Eso garantizaría una alternancia.

A varios les sorprendió el resurgimiento, si bien tenue, de una figura como Elisa Carrió. ¿A qué lo atribuye?
Carrió es depositaria de un interés social parcial. Pero si bien sobre ella recayó una predilección mayoritaria en términos relativos, diría que lo más significativo es que sobre UNEN recayó la gratitud de un electorado que se sintió más protagonista que nunca, en la medida en que pudo decidir en las PASO quiénes habrían de ordenar sus liderazgos.

¿Cree que por eso los porteños no votaron mayoritariamente al macrismo, tal como lo hicieron en 2011?
El electorado porteño es bastante histérico. Tiene amores intensos, pero fugaces. Como Pino Solanas, que en un momento creció y después bajó. Mientras tanto, el macrismo se mantiene por dos razones. Primero, un cierto grado de eficiencia en la gestión práctica. Pero también, una gran duda que tiene el electorado: si Macri tendrá los atributos suficientes como para constituirse en un líder nacional. El mismo electorado que lo vota muchas veces se pregunta si está en condiciones de postularse en ese nivel. En ese sentido está emparentado con el resto de los líderes provinciales. ¿Podrá Macri? ¿Podrá Binner? ¿Podrá Cobos? No estamos frente a un oficialismo y una oposición orgánicas: tenemos un oficialismo debilitado y fragmentado, por un lado, y por el otro a una oposición que, fragmentada, intenta constituirse en un cuerpo más o menos homogéneo.

La fragmentación territorial de estas representaciones es enorme. Binner triunfa con cierta amplitud en Santa Fe, pero no logra llevar con éxito esta presencia a otras provincias. De la Sota gana en Córdoba, pero es inexistente en el resto del país. Algo parecido pasa con Macri más allá de la General Paz. ¿Puede la oposición reorganizar alguna de estas figuras de cara a 2015?
Es una de las intrigas que presenta nuestra dirigencia política. Estoy persuadido de que esa transición va a ser muy lenta, que va a rebasar 2015. Tal vez en dos años no lleguen con un panorama vertebrado. Pero hoy ya empieza a aparecer como la gran tarea. El ciudadano todavía está votando líderes sectoriales: el porteño está pensando en Buenos Aires, los cordobeses en Córdoba… Pero tras las PASO, llegó la hora de preguntarnos si estos líderes regionales son capaces de llevar a cabo la práctica de julio de 1816, esto es, reunirnos en algún lado para ver si podemos generar algún proyecto de conjunto más allá de las suspicacias recíprocas. La cultura política de esos líderes, ¿lo permitirá?

Con respecto a la cultura política de ciertos dirigentes, ¿le parece que figuras como Macri o De la Sota ofrecen estándares de corrupción distintos de los del kirchnerismo?
(Piensa) Te diría que en la Ciudad de Buenos Aires y en Córdoba hay una demanda social de integridad que permite reconciliar un poco la política con la ética. Ahora bien, frente al oficialismo, ellos tienen una exigencia muy profunda de integridad. Ojalá la sostengan.

¿Qué opinión le merece Sergio Massa?
Es el gran capitalizador de los desaciertos del Gobierno en el marco del peronismo. Es quien más se ha beneficiado porque, a diferencia de (Daniel) Scioli -que ha planteado «aquí no sucede lo que pasa, debemos amarnos todos»- Massa dijo: «Sucede lo que pasa, las deudas contraídas por el Gobierno son las siguientes, vamos a tratarlas con amor e integración». Es decir, preponderó una suerte de discurso evangélico, como el de Scioli, pero unido a la manifestación de proyectos paliativos de los males generados por la gestión oficialista en estos diez años.

A diferencia de Francisco de Narváez, que tuvo un discurso marcadamente opositor y le fue muy mal en las elecciones.
De Narváez es peronista, pero no tuvo un discurso peronista. El discurso peronista es fuertemente conciliador e integrador. De Narváez tuvo un discurso rotundamente opositor, de denuncia, como el de Carrió. Pero al hacerlo desde el interior del peronismo, ese electorado no le respondió. Porque el electorado peronista siempre está en busca de un discurso que concilie cierto espíritu conservador, que asegure al partido su vigencia, y al mismo tiempo ciertas modificaciones parciales.

En ese sentido, el triunfo de Massa -que no criticó tan abiertamente al Gobierno-, ¿no viene a confirmar que el grueso del electorado optó por conservar algunas medidas del kirchnerismo que considera positivas?
Creo que sí. Massa entendió que el apoyo que el Gobierno había recibido hasta hace poco tiempo en la provincia de Buenos Aires nacía de la satisfacción que el prebendarismo y las prácticas clientelísticas, unidas a los logros que considero progresistas, como la ayuda universal por hijo y aquellas políticas que podríamos considerar de inclusión social relativas, como las que generan el tránsito de la miseria a la pobreza. Tampoco podemos olvidar que Néstor Kirchner redujo la tragedia de la exclusión generalizada. Ésos, para la gente, son logros. Massa advirtió muy bien que había un electorado parcialmente agradecido al kirchnerismo y les dijo, usando una expresión paradójica, «vamos por más».

¿Cree que estos logros podrían haberse dado sin conflicto? Me refiero a la crítica republicana sobre una supuesta «excesiva politización» de temas como la ley de medios o el matrimonio igualitario siendo que estas medidas, inevitablemente, generan tensiones.
Si bien son difíciles de obtener sin conflicto, podrían haberse obtenido con conflictos dentro del sistema. Lo que pasa es que este Gobierno necesita unir el conflicto -la polémica que fatalmente generan los proyectos parcialmente innovadores- a su necesidad de capitalizar el maniqueísmo social, generando confrontaciones irreductibles, cuyo beneficio fundamental está asociado a un Gobierno redentor. Las ideas de redención y de eternidad son complementarias. Es cierto: el Gobierno necesitó enfatizar lo que de otro modo le hubiera resultado difícil promover, pero mantengo mi crítica hacia la Presidenta y hacia su esposo porque no son gente que hace de la negociación la meta de su acción política, sino el punto de partida que sigue a su beligerancia.

Es la lectura que el kirchnerismo hace a partir de Ernesto Laclau: la existencia de un antagonismo que recorre todo el cuerpo social y que necesita enemigos políticos. ¿Qué piensa de esta teoría?
Es un habilísimo aprovechamiento de algunas prácticas culturales y sociales que la historia argentina favorece: el caudillismo, la concepción del adversario como enemigo… Nuestra historia es rica en este tipo de confrontaciones. Lo que Laclau traslada al campo argentino es la capitalización de una historia nacional en la que los antagonismos terminan siendo siempre la condición de supervivencia de los liderazgos caudillescos. A mí no me resulta interesante porque me parece un planteo arcaico.

¿La sucesión presidencial se resolverá dentro del peronismo?
No creo que el peronismo esté en mejores condiciones que el resto de la oposición para resolverla. Creo que puede hacer un enorme aporte para reorientar la práctica política hacia una dirección más conciliadora con las demandas del resto de la sociedad. Y en ese sentido, estaría en condiciones de ganar apoyos entre un electorado que viera, en ese potencial liderazgo la alternativa o la posibilidad de triunfo en 2015. La gente tiene hoy mucha menos fidelidad programática a un partido que a ciertas demandas prácticas, que desea ver resueltas con independencia de cualquier línea programática. Si el próximo Gobierno fuera capaz de ofrecer un esquema de pacificación y desarrollo, unido a la conciencia de la gravedad de los problemas que va a heredar, la gente los va a votar. Eso sí, las opciones peronistas tendrán prioridad en la medida en que siga vigente en la Argentina aquel axioma de que sin el peronismo no se puede gobernar.

Entre la idea re-reeleccionista, que agitaron algunos dirigentes kirchneristas a modo de maniobra o globo de ensayo, y la posibilidad de simplemente dejar el poder en 2015, está la chance de que el Gobierno nombre a un sucesor para dentro de dos años. ¿Cómo observa esta posibilidad?
Tengo la impresión de que lo que la Presidenta va a hacer es nombrar a su derrotado. Ella no va a permitir que la derrota recaiga directamente sobre su figura, sino sobre alguien que encarne la derrota, como lo ha hecho en la Capital con Daniel Filmus, el elegido para ser derrotado.

¿Cree que el Gobierno logrará revertir en octubre el resultado de las PASO?
Sólo si la Presidenta acusa el golpe en forma pública, si decide dirigirse al electorado de otra manera.

BIOGRAFÍA

Buenos Aires, 14 de diciembre de 1942.
Estudios: Secundario en San Pablo, Brasil. Licenciado en Filosofía (UBA).
Trabajo: Escritor, poeta, ensayista, docente. «Me gusta traducir. Traduje muchas de las canciones de Serrat al portugués.»
Está leyendo: Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawn, y La poesía del pensamiento, de George Steiner.
Rutina informativa: Clarín y La Nación. «Pero los sábados y domingos leo todos, porque tienen columnas más ricas.»

Por Federico Poore

Magíster en Economía Urbana (UTDT) con especialización en Datos. Fue editor de Política de la revista Debate y editor de Política y Economía del Buenos Aires Herald. Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), escribe sobre temas urbanos en La Nación, Chequeado y elDiarioAR.

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