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El Abasto y las promesas incumplidas

Algunas lecciones urbanísticas del barrio del Abasto y su desigual transformación en las últimas décadas.

por Federico Poore
Historias desde Roma, 31-12-2025

Hacia fines de la década del setenta, el futuro del Mercado del Abasto era una incógnita. Una de las apuestas de la última dictadura fue sacar los mercados de frescos de la Capital Federal, y el Abasto —un predio emplazado sobre la traza de la AU3, una de las autopistas proyectadas por el intendente Osvaldo Cacciatore— tenía muchas probabilidades de ser demolido.

En este contexto, un grupo de arquitectos de la Universidad de La Plata propuso construir en su lugar un complejo cultural con comercios minoristas de frutas y verduras en quince manzanas, con la peatonalización de calles como Carlos Gardel, Zelaya y tramos de Agüero, Guardia Vieja, Humahuaca y Tucumán. Como expresó una de las autoras del proyecto, “la idea era mostrar que es posible combinar lechuga con cultura”.

Mientras tanto, el maestro Antonio Berni advertía sobre el abandono generalizado del área y el riesgo patrimonial de cargarse casi un siglo de historia. Planteaba, en su lugar, convertir los dos edificios -Mercado Viejo y Mercado Nuevo- en un nuevo centro cultural, programa que elaboran la historiadora Sonia Berjman y el arquitecto José Fiszelew, autores del libro El Abasto: un barrio y un mercado.

En 1984, tras el retorno a la democracia, el Mercado de Abasto cerró sus puertas de manera definitiva. Dos años más tarde, la cooperativa El Hogar Obrero presentó un nuevo proyecto para el Abasto: un centro comercial y cultural (además de un supermercado), al que bautizaron “Centro Integral de Consumo”, que en algún momento además contempló la construcción de edificios de viviendas. Pero las urgencias financieras de la cooperativa, sumadas a una serie de compromisos asumidos con las empresas que iban a operar los locales y la crisis del Plan Bonex, precipitaron su quiebra.

El edificio y los derechos del proyecto fueron entonces vendidos a IRSA, un grupo inversor comandado por Eduardo Elzstain y con fondos de George Soros. La empresa anunció un nuevo plan “comercial y cultural” que incluía la creación de una plaza pública descubierta y el diseño de pasajes peatonales como “extensiones de la calle” con los que se buscaba respetar el espíritu del antiguo mercado y reforzar la apertura al espacio urbano.

“La obra le cambió la cara al barrio”, se entusiasmaba el diario Clarín en una nota publicada el 10 de noviembre de 1998, al día siguiente de la inauguración del nuevo centro. “A una cuadra del shopping, IRSA construye tres edificios torre que ya están prácticamente vendidos, y un hipermercado que abrirá el año que viene.”

Promesas incumplidas

Pero la euforia duró poco. La posibilidad de construir una peatonal en Guardia Vieja como continuación de Carlos Gardel fue dejada de lado. La Plaza del Zorzal, que iba a ser de uso público, al final terminó siendo un patio cubierto con accesos cerrados en el interior del centro comercial.

En 1999 se inauguró el hipermercado Coto y finalizó la construcción de la primera de las tres Torres del Abasto, un complejo de edificios de 106 metros de altura, mucho más alto que el resto de los edificios del barrio. Nada había quedado del compromiso original, que incluía el desarrollo de vivienda colectiva o de interés social.

A todo esto, el área circundante daba pocas señales de reactivación. A cuatro años de inaugurado, y en el marco de una enorme crisis económica, muchos de los carteles de venta de los inmuebles aledaños seguían allí. Según crónicas de la época, la cortada Carlos Gardel había quedado como “un mal decorado” que no alcanzaba para disimular las condiciones precarias en las que vivían los habitantes de las casas tomadas que habían sobrevivido a la “transformación” de la zona. Según datos de Bryn Propiedades, el alquiler promedio de un departamento de dos ambientes en el área hoy se ubica en 574 mil pesos, por debajo de la media general de la Ciudad. Ni siquiera se puede hablar de gentrificación. Es decir que a pesar del fervor en la prensa y de las promesas de las autoridades, el shopping no logró transformar de por sí la realidad de sus inmediaciones.

“El conjunto que forma el Proyecto Abasto se distingue visiblemente de su entorno: la geometría del conjunto de torres, las alturas de los edificios, la alteración del ritmo de la trama parcelaria, pero fundamentalmente la falta de permeabilidad de sus bordes, que aportan muy poco a la vitalidad de las calles que los albergan, indican que la inserción urbana y la relación con la ciudad no fueron una prioridad en su planificación y diseño”, dice el arquitecto e investigador Daniel Kozak.

Bajo la vieja configuración, el mercado tenía pasillos internos que funcionaban como extensiones de la calle y que se podían usar como formas de cortar camino atravesando el interior de las manzanas. En la nueva realidad, de las doce arcadas que el Mercado Viejo tenía sobre la calle Lavalle hoy solo se usan dos como salidas del estacionamiento; el resto están tapiadas y se usan como espacio para publicidad.

Este perjuicio es intrínseco a la tipología del shopping y propio de una tendencia que se consolidó después de la caída del muro de Berlín. “El espacio público retrocede y su lugar es ocupado por espacios semi-públicos, o semi-privados, como el de la ‘Plaza del Zorzal’. Los bordes que separan lo público de lo privado se vuelven cada vez más duros. Los espacios de encuentro universales que no están mediados por el consumo también son cada vez más acotados”, agrega Kozak.

Lo mismo vale para las torres, con apenas dos accesos peatonales y protegidas por rejas y muros perimetrales. Estos edificios no dialogan con el ambiente circundante, y la protección que le ofrecen a sus habitantes se produce a expensas del resto de los transeúntes y de los habitantes del barrio. Al nivel de la calle, sus paredes exteriores son un enorme punto ciego. Pasar por su el costado es como estar recorriendo el patio de una cárcel.

El diálogo con el afuera

La “renovación” del Abasto ocurrió puertas adentro, con la consolidación de un centro comercial de 120 mil metros cuadrados de gestión privada centralizada, pero nada de ello “derramó” al entorno inmediato. El bajo impacto en el barrio de este mayor nivel de actividad obedece a la lógica del shopping, donde la iluminación y la seguridad están orientadas al cliente de un lugar cerrado. De sus muros exteriores hacia afuera (y con contadas excepciones) el inversor privado y el poder público se desentendieron.

Para el arquitecto y urbanista Demián Rotbart, el modelo norteamericano del centro comercial pone en jaque la idea de espacio público ya que compite con otros espacios de encuentro de la ciudad abierta. Rotbart lo ejemplifica los casos de los skaters que se reunían en una de las plazas secas o de los floggers que en 2009 comenzaron a elegir el shopping Abasto como lugar de reunión. Algunas de las tensiones por la gestión de este espacio no tan público se condensaban en la imagen de los guardias de seguridad que permitían el ingreso al centro comercial a grupos de dos o tres floggers por vez o que reprendían a los jóvenes que se sentaban en las escaleras de ingreso.

Se protegía así a los beneficiarios del nuevo modelo del Abasto: los consumidores (de los locales comerciales o las opciones de entretenimiento pago del shopping, del hipermercado o de las torres country). Para el resto de los ciudadanos esta operación de revival urbano dejó una porción de ciudad más hostil, marcada por interrupciones en la trama urbana y extensos paredones carentes de atractivo visual que no hacen más que indicar que este es un espacio de tránsito.

Desde los primeros años de la dictadura, las transformaciones urbanas en el Abasto fueron del abandono a la renovación. Pero esta renovación, elegida entre otras posibles, lleva todas las marcas del modo de hacer ciudad de la década del noventa: el rol del Estado limitado al de facilitador de negocios, y el ocio y el disfrute reducidos a un programa de compras y gastronomía en un ambiente controlado. Su puesta en marcha no supuso un diálogo previo con las colectividades inmigrantes del área (peruana, judía, boliviana), con los teatros o espacios culturales independientes, o con el mundo del tango más allá de una estatua o un cartel de vinilo en PVC.

A diferencia de otros casos que pueden leerse como símbolos de la renovación social del barrio, como el Parque de la Estación, el éxito (comercial) del Shopping Abasto no supuso un efecto derrame. Una lección urbanística que aún aguarda ser aprendida.

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