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Christian Petzold: fantasmas en offside

por Federico Poore

La Agenda, 23-04-2018

Cuando el porteño promedio piensa en cine alemán enseguida se imagina La vida de los otros o La caída. Los amantes del cine clásico piensan en Metrópolis, algún cuarentón hará la asociación con Corre, Lola, corre. Poco y nada se dice del joven cine alemán del nuevo siglo, quizás porque ni los nombres ni los títulos son tan obvios. Pero hace rato que hay aires de renovación en Alemania, y así lo prueban películas como la excelente Toni Erdmann, de Maren Ade, nominada al Óscar a mejor película extranjera, o cualquiera de las obras recientes del director alemán más celebrado de la Alemania post-1989: Christian Petzold.

Nacido y criado en la Cuenca del Ruhr, una de las zonas más ricas de Alemania, Petzold estudió en la Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín (DFFB), semillero de figuras como Wolfgang Petersen y el guerrillero del cine documental Harun Farocki. Sus primeras películas sorprendieron por su estilo seco y preciso, pero más aún por lo que no eran: ni el cine hiper-comercial que inundó la salas alemanas tras la caída del muro ni el cine de época que, como Good Bye Lenin!, explotó los momentos claves de la turbulenta historia del país.

Su film debut, Seguridad interior, es una inmejorable carta de presentación. Un matrimonio de exterroristas de izquierda vive en la clandestinidad con Jeanne (Julia Hummer), su hija adolescente. Algo sale mal y se ven obligados a mantenerse en movimiento hasta encontrar el momento oportuno para escapar de Europa. Un dato llamativo de esta película es que lo político aparece únicamente de manera oblicua: de hecho la acción comienza in media res, sin detenerse a explicar de dónde viene o qué hizo esta pareja, y uno de los ejes centrales de la historia es el coming of age de la joven Jeanne. Estrenada en el año 2000, la cinta ya delineaba la gran apuesta formal del alemán: filmar una de suspenso sin trucos de cámara y prescindiendo casi por completo de la música extradiegética, como quien se obliga a crear una película de género usando solo los recursos más sencillos.

18 años después, Petzold llegó al Bafici con Transit, su última película, donde perfecciona el estilo seco con el que presenta sus historias. El punto de partida es el mismo que el de la sexta película de Quentin Tarantino: once upon a time in Nazi-occupied France… Con un detalle: la acción se desarrolla en tiempo presente. En Marsella, refugiados de toda Europa buscan embarcar rumbo a América en un intento por escapar de la ocupación nazi. Uno de ellos, Georg (Franz Rogowski, uno de los protagonistas de Happy End, la última de Michael Haneke) llega a la ciudad portuaria con poco más que lo puesto y se aloja en un hotel de mala muerte mientras espera una oportunidad para huir.

La Marsella de Petzold se parece mucho a Casablanca, la ciudad del clásico de Michael Curtiz: un área de tránsito para aquellos que esperan su pasaje a la libertad. Por sus calles soleadas hay lugar para identidades robadas, momentos de suspenso, algún romance. Es tal vez la película más hablada en la filmografía del director alemán (sorprende el uso de una voz en off que, en manos menos expertas, podrían arruinar la obra por completo), pero a pesar de su historia rebuscada mantiene un trazo depurado, sin subrayados. Después de todo, Georg está perdido en el purgatorio de los sin papeles y son los pequeños detalles (una moto que se acerca, una sirena policial que suena a lo lejos) los que nos recuerdan la amenaza omnipresente que se cierne sobre su protagonista.


Petzold es uno de los referentes de la denominada escuela de Berlín, etiqueta periodística que desde hace más de una década se le aplica a un grupo de cineastas de la DFFB que en sus películas supieron reflejar “la cuestión alemana” con un enfoque que sacudió la cansada cartelera europea.

¿Cómo lo hicieron? Antes dije que los 90 fueron años de destape comercial para el cine alemán. Siguiendo el molde del cine mainstream norteamericano, los multiplex de Berlín se llenaron de comedias y películas de acción que rara vez atravesaban las fronteras. Con el nuevo milenio llegó otro fenómeno: una oleada de películas históricas filmadas con el manual del cine qualité, listas para exportar y ganar premios. La caída, La vida de los otros o Los falsificadores (una coproducción austríaco-alemana sobre los presos en Mauthausen) son buenas películas. Pero hay algo de trampa en estas historias sencillas sobre los Grandes Temas del siglo XX, una clase de historia masticada para los jubilados que llenan el Arteplex. Cuesta tomárselas en serio. No por nada uno de los primeros videos virales de YouTube parodiaba la famosa escena de Bruno Ganz en la que “Hitler se entera…” (que existe el reggaeton, que Chile no clasificó a Rusia, que el cine alemán no es tan sofisticado).

Es contra este doble estado del arte (el mainstream pasatista y la falsa profundidad) que cineastas como Petzold o Christoph Hochhäuser (director de The City Below y Dreileben – One Minute of Darkness, entre otras, ambas proyectadas en el Bafici de 2013) se rebelaron. No lanzaron un manifiesto ni se adscribieron a un dogma: simplemente comenzaron a filmar de determinada manera. Primero, situando sus películas en el presente: la tan poco contada Alemania de aquí y ahora. Segundo, poniendo el acento en historias mínimas con personajes alienados. A veces, el ejercicio terminaba en películas sencillas, demasiado sencillas, parecidas a los exponentes más grises del Nuevo Cine Argentino. El veterano Dominik Graf, cineasta con casi 30 películas para televisión a cuestas, buscó sacudir esta modorra: dijo que le aburría el “cine Blancanieves” con personas detrás de un vidrio, en actitud de espera. Petzold y Hochhäuser recogieron el guante y el asunto derivó en un fascinante intercambio sobre qué es y qué quiere este famoso Nuevo Cine Alemán.

“Cuando tenés hijos te puede pasar, y de hecho ocurre muy a menudo, que a las 20:15 te tirás, agotado, delante del televisor, y mirás los restos del cine de género alemán: muchos granjeros viejos y jóvenes, y granjeras con cáncer, y herencias. Y MÚSICA, MÚSICA, MÚSICA y verdes prados y aire fresco, y nada es escenografía, y todo es pura fotografía de calendarios y ni la grieta de un glaciar aparece, todos autos nuevos con escape regulado, y trajes típicos y escotes que revientan”, escribió Petzold. A lo mejor la escuela de Berlín surgió como oposición a todo eso, reflexionó en el debate por mail con sus colegas. Y propuso: “Lo primero que tenés que hacer es volver a ver, volver a escuchar algo, a alguien caminando, al viento, a los ruidos”.

Por suerte, y a pesar de esta última definición, Petzold no es de los cineastas que se conforman con hacer un cine de sensaciones. Los habitués al Bafici lo saben. En 2007 el festival proyectó Yella, obra con ecos del clásico del cine B El carnaval de las almas, donde la protagonista que le da nombre a la película (la gran Nina Hoss, a quien seguro vieron en el thriller de Anton Corbijn El hombre más buscado) decide irse del pueblo donde vive en busca de un trabajo más prometedor. Deja atrás un matrimonio fracasado y espera triunfar en el Oeste, donde está la plata, pero un accidente de auto causado por el psicótico de su ex marido trastoca todos sus planes. Al final del día, Yella funciona como una de fantasmas situada en las frías oficinas de una Hannover ultracapitalista.

Ya por ese entonces Petzold era un cineasta en ascenso y su siguiente película, Triángulo, se proyectó como función de clausura del Bafici de 2009 (y tuvo su estreno comercial al año siguiente). Sergio Wolf la presentó como un “melodrama policial”. No estuvo lejos: se trata de otra reversión de un clásico (en este caso, de El cartero llama dos veces) protagonizado por un ex soldado alemán (Benno Fürmann) que viene de combatir en Afganistán y que seduce a la mujer (otra vez Nina Hoss) de un inmigrante turco (Hilmi Sözer). Un film noir seco y ajustado, el esqueleto desnudo del cine de género paseándose por el sector servicios de la Alemania actual.

Esta etapa de “diálogo con el presente” se cerró en 2011 cuando el famoso debate entre Petzold, Graf y Hochhäuser derivó en un acuerdo para filmar Dreileben, suerte de trilogía para la televisión alemana con tres capítulos conectados entre sí y que se proyectó en la Lugones con el apoyo del Goethe-Institut. Lo interesante de este ejercicio es que si bien todas las historias están atravesadas por el mismo disparador -un asesino suelto en un pueblo rural de Alemania-, cada director buscó imprimirle su estilo. Así, el capítulo de Hochhäuser es más policial, el de Graf más cómico (en línea con su exitosa miniserie In the Face of Crime) y el de Petzold más, digamos, misterioso.


En los últimos años, Petzold se alejó del mandato no escrito de la Escuela de Berlín que alienta a pensar en tiempo presente y se arriesgó a contar relatos situados en diferentes momentos de la historia alemana, lo que los germanos llaman “die andauernden und unbewältigten Vergangenheit” (“el pasado sin resolver que insiste”).

En el primero de ellos, Barbara, Nina Hoss es la mujer del título, una destacada médica de Berlín oriental que es enviada a un pequeño pueblo para poder ser vigilada por la policía secreta. Presa del asfixiante clima político de los últimos años del régimen, Barbara planea una fuga más difícil de lo que parece. Contracara de La vida de los otros y co-escrito por Farocki (colaborador habitual de Petzold, que falleció en 2014), este film es la RDA en colores cálidos. Una vez más, los personajes se enfrentan a dilemas morales pero están lejos del heroísmo o la solemnidad: al final del día lo que vemos son personas tratando de hacer lo mejor que pueden en las circunstancias que les tocaron.

Barbara fue celebrada como una obra maestra y le valió a Petzold el premio al mejor director en la Berlinale. Pero habría más. Su próxima película, Ave Fénix, perfeccionó el estilo maduro y sofisticado de sus films anteriores con una historia situada en la Berlín de la inmediata posguerra. Nelly (Hoss), una cantante judía que viene de sobrevivir al peor de los horrores, regresa a su ciudad y se somete a una cirugía estética para reconstruir su rostro desfigurado. La mujer está determinada a encontrarse con su marido a pesar de que quizás la haya delatado a los nazis. Un melodrama con sabor a clásico (los ecos de Vértigo son mayores si recordamos que en España a la de Hitchcock le pusieron De entre los muertos) filmado con armas honestas y precisas.

La trilogía histórica de Petzold cierra con Transit, que pudo verse en este Bafici como parte de la Selección Oficial Fuera de Competencia. La dicotomía “hablar del presente o hablar del pasado” parece superada. “A veces pienso que el cine alemán parece condenado a hacer películas de nazis o de la Stasi, pero al mismo tiempo sé que a los alemanes no les gusta su historia y no quieren reflejarla. Solo les interesa el dinero”, dice Petzold. “Así que el cine trata de mantener un instinto arqueológico para explicar qué es lo que pasó, sin miedo a hurgar en sus traumas”.

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Por Federico Poore

Magíster en Economía Urbana (UTDT) con especialización en Datos. Fue editor de Política de la revista Debate y editor de Política y Economía del Buenos Aires Herald. Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), escribe sobre temas urbanos en La Nación, Chequeado y elDiarioAR.

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