
El proyecto para construir un templo mormón en una zona de valor histórico y arqueológico reflota el debate por la falta de espacios verdes en la Ciudad.
por Federico Poore
Cenital, 15-08-2025
En el límite entre Retiro y San Nicolás, en pleno microcentro porteño, se ubica el Monasterio de Santa Catalina de Siena. Esta iglesia, fundada en 1745, aún conserva sus galerías, su patio, sus puertas angostas y un aljibe que data de la época de la Revolución de Mayo. Se trata de uno de los últimos vestigios de arquitectura colonial de Buenos Aires, una ciudad que en los últimos dos siglos fue demoliendo muchos de los edificios de esa época.
Pero ahora su estructura podría correr riesgo. En junio de este año, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días anunció planes para construir un megatemplo mormón en la playa de estacionamiento ubicada en Reconquista y avenida Córdoba, en la misma manzana que Santa Catalina.
Para la organización Basta de Demoler, la nueva construcción propuesta “pondría en riesgo su asoleamiento e integridad como monumento histórico nacional”. ¿Quién tiene razón y qué conviene hacer con este lugar?
Vestigios coloniales
El debate por el patrimonio arquitectónico está atravesado por equívocos y factores altamente subjetivos. Las ciudades nunca dejan de renovarse y, en algún punto, funcionan como organismos vivos. No todo merece ser conservado o congelado.
Dicho esto, Buenos Aires ha visto desaparecer –como pocas otras ciudades– gran parte de su patrimonio arquitectónico perteneciente a la era colonial. Los motivos son varios: desde la transformación radical propuesta por las élites porteñas en la segunda mitad del siglo XIX (según la cual el progreso era la arquitectura académica, mientras que el período de dominación española era parte del “atraso”) hasta la apertura de avenidas como la 9 de Julio o Diagonal Norte, pasando por descuidos o incendios. Lo cierto es que hoy apenas sobreviven unos pocos testimonios de aquella época, como el Cabildo (enormemente reformado), la iglesia de San Ignacio o la Manzana de las Luces.
En el caso puntual de Santa Catalina, al valor histórico del monasterio (que sobrevivió a una de las invasiones inglesas, funcionó como hospital de guerra y fue hogar de un grupo de monjas que colaboraron con Manuel Belgrano) se le suma su importancia arqueológica: en el segundo piso se exhiben algunos de los elementos encontrados tras una excavación en 2001 y el camposanto podría contener muchos restos más, como los cuerpos de las monjas o de los esclavos que vivían enfrente.
Doble intento
Sin embargo, su inmejorable ubicación hizo del camposanto lindero (que desde fines del siglo pasado funciona como estacionamiento vehicular) un objeto de gran interés inmobiliario. En 2011, durante la gestión de Mauricio Macri, el gobierno porteño autorizó allí la construcción de un edificio de 60 metros, con seis subsuelos de cocheras. Pero el proyecto terminó en la nada cuando cinco años más tarde el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de la Ciudad declaró nula la resolución por no haberle dado intervención en el caso a la Secretaría de Planeamiento Urbano.
El amparo había sido presentado por Lucas Terra, vecino del barrio y arquitecto, y la asociación Basta de Demoler. “Las excavaciones que debían efectuarse para construir las cocheras del proyecto inmobiliario vulneraban la base estructural del monasterio. Además, el monumento necesita recibir la luz directa del sol para contrarrestar las humedades propias de un edificio tan antiguo, pero iba a quedar en el cono de sombras de la torre”, dijo Santiago Pusso, de Basta de Demoler, al diario La Nación.

Los denunciantes habían señalado con suspicacia que el arquitecto que firmó la autorización y el encargado de la fallida torre habían sido socios seis meses antes de que el primero fuera designado en la Dirección General de Interpretación Urbana (DGIUR) de la Ciudad. No por nada, en su fallo, el TSJ vio en el accionar del gobierno local “una desmesura en el celo por los intereses privados y en la postergación del interés en la preservación del patrimonio histórico”.
Durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, y bajo la figura de los “convenios urbanísticos”, ingresó a la Legislatura un plan para construir una torre de 18 pisos y cuatro subsuelos hacia la avenida Córdoba, con un pequeño espacio para una plaza. La iniciativa no obtuvo el apoyo ni de los propios aliados del oficialismo y jamás llegó a tratarse en el recinto.
El megaproyecto
Fue así que se llega a la actual propuesta, que –a tono con una práctica cada vez más común– se presenta en sociedad incluso antes de recibir la aprobación de las autoridades.
“Será el templo más grande de la Argentina, tendrá un 60% de espacios verdes, lo que aportará un pulmón verde a la ciudad de Buenos Aires. Los jardines del templo permanecerán abiertos a la comunidad, para que los usen los vecinos”, dijo el elder Gary Stevenson. Según se informó, el templo es uno de los 172 nuevos edificios que planea construir la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, con sede central en Estados Unidos.
Según lo informado en el comunicado de prensa, el templo estará acompañado “por una plaza verde de 3.625 metros cuadrados que funcionará como un verdadero pulmón urbano con acceso al público”, aunque en ningún momento se indica la superficie ni la altura de la estructura. Los líderes religiosos indicaron que el proyecto “se encuentra actualmente en proceso de revisión por parte de las autoridades locales”, pero esto fue desmentido por la administración de Jorge Macri. “Aún no fue evaluado. Lo que han hecho circular es su proyecto, pero habrá que ver si cumple con la normativa o requiere cambios”, dijeron a Infobae fuentes del gobierno porteño.
La iglesia mormona, sin tiempo para estos detalles, ya incluyó la ubicación del nuevo templo en Google Maps.
Espacios verdes
Un estacionamiento, una torre de sesenta metros, un templo mormón… las iniciativas van y vienen, y poco se habla sobre una opción que podría darle un espacio verde al microcentro y, a la vez, preservar el entorno del monasterio.
Basta de Demoler presentó en la Legislatura un proyecto para que el predio se declare de utilidad pública, se lo catalogue en el Código Urbanístico como Urbanización Parque (UP) y se construya un espacio verde en la totalidad del terreno. La movida forma parte de la campaña “Una plaza para el Microcentro”.
“La creación de este espacio verde y público ofrecería múltiples beneficios: un marco adecuado para preservar el conjunto colonial de Santa Catalina, reducir el efecto isla de calor urbana y contribuir a mitigar el déficit de espacios verdes en una de las zonas más densamente pobladas de la ciudad”, explicaron desde Basta de Demoler.

Cerca del monasterio hay muy pocos espacios verdes de más de media hectárea de extensión. Los únicos, tal vez, sean Plaza Roma al sur o Plaza San Martín al norte. No se puede confiar en los cálculos oficiales porque el gobierno porteño considera como espacios verdes a los canteros centrales de la avenida Corrientes, un veredón sobre Diagonal Norte y más de 200 derivadores de tránsito. De hecho, según datos del Instituto de Estadística porteño analizados por este medio, apenas el 56% de la superficie de espacios verdes de la Ciudad computados como tales corresponden a parques, plazas y plazoletas.
En este marco, los impulsores de “Una plaza para el Microcentro” creen que su propuesta enriquecerá el corredor histórico que se extiende entre Parque Lezama y Plaza San Martín. “La Plaza Santa Catalina vendría a incorporarse a esta sucesión, desde el lado norte, completando de este modo un conjunto de espacios públicos mayormente ubicados sobre el eje de Defensa-Reconquista y dotando de simetría a un esquema con centro en Plaza de Mayo y sendas plazas y parques en dirección norte y sur”, explicaron.
El destino del predio de Santa Catalina es una sinécdoque del desarrollo urbano en las zonas más codiciadas de Buenos Aires: una tensión constante entre los intereses sectoriales de entidades privadas –religiosas, en este caso– y el interés público, ante la cual las autoridades locales, históricamente, tendieron a inclinarse por los primeros. La oportunidad es que esta vez el resultado sea otro.