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Melancolía y super acción

por Federico Poore

La Agenda, 28-04-2017

¿Qué tienen en común un director surcoreano de dramas sencillos y un realizador japonés famoso por sus obras cargadas de gore? Respuesta posible: tanto Hong Sang-soo como Takashi Miike son presencias regulares del Bafici, al punto que se han convertido en pequeños hits del mundillo cinéfilo en la Ciudad.

La aparición de sus nombres en casi todas las ediciones del festival (ambos son muy prolíficos) es motivo de celebración para los fanáticos del cine de oriente, pero también para el espectador promedio, que a menudo cae rendido ante la cantidad y variedad del menú programado para estos diez días de frenesí. Para ellos, los nombres de Hong y de Miike representan la mínima garantía de estarse aferrando a algo cercano a lo conocido, lo cual deriva en sendos carteles, impresos y digitales, que dicen: funciones agotadas.


Si bien ambos cineastas nacieron en 1960 (otro punto en común), es Takashi Miike quien activa las memorias más antiguas. Su carta de presentación al mundo fue la alucinante secuencia inicial de Dead or Alive (1999) —la desmesura hecha celuloide, con una guerra yakuza como telón de fondo— aunque en Argentina se lo conoce más por otra película de ese año: Audition, un thriller psicológico con toques de J-horror que llegó a estrenarse en nuestras pampas en VHS y DVD.

Las marcas de autor de este director oriundo de Osaka son su particular estilo de montaje y un coqueteo con la tortura estilizada que le valió más de una comparación con Quentin Jerome Tarantino, aunque lo cierto es que la versatilidad del japonés escapa a las etiquetas fáciles. Así lo prueban obras menos “obvias” como el excéntrico musical La felicidad de los Katakuri (2001) o la inmejorable 13 Assassins (2010), suerte de remake de Yojimbo que pudo verse en el Bafici 2011.

Trabajando siempre bajo el ala de los grandes estudios, Miike produce entre dos y siete películas al año, y en unos meses se preparará para estrenar Blade of the Immortal, un jidaigeki o drama de época que (según quién lleve la cuenta) es ni más ni menos que su película número cien.

La que se vio esta semana en el Bafici fue su número 99. The Mole Song:Hong Kong Capriccio es otra locura inclasificable, mainstream pero a la vez muy, muy particular. Secuela de The Mole Song: Undercover Agent Reiji (2013, y no se preocupen: no hace falta ver la primera para entender perfectamente qué está pasando), arranca a todo trapo con música tipo Arma Mortal y primer plano de nuestro protagonista, el joven policía encubierto Reiji Kikukawa, colgando de una jaula que a su vez cuelga de un helicóptero que atraviesa Osaka de noche. Una vez que el público del Village Recoleta se acostumbra a leer los subtítulos en español que copian los subtítulos en inglés que traducen el diálogo en japonés, solo queda disfrutar una de las películas más divertidas y desquiciadas del festival.

Hay canciones, chistes de erecciones y excelentes gags visuales. Ayuda que Reiji Kikukawa, interpretado por el actor Tôma Ikuta, es una especie de Michael Cera japonés, lo que lo vuelve querible a pesar de su deseo irrefrenable de acostarse con cualquier chica que se cruce en su camino. The Mole Song va a 120 kilómetros por hora y no tiene problemas en pasar de una guerra con la mafia china a una pelea de espadas en un hotel en Hong Kong. Cuando la villana, una femme fatale que defiende su “derecho” a buscar una vida mejor en una red de trata (¡!), hace su entrada arriba de un Tigre, el cine estalla en aplausos.

No es mejor que 13 Assassins —ya dijimos que era inmejorable: difícil superarse a sí mismo cuando el punto de referencia es la mejor chambara o película de samuráis desde las de Kurosawa— y, de hecho, hay un poquito de abuso del CGI en muchas de las secuencias de acción. Pero está tranquilamente entre las 20 mejores películas de Miike, lo cual en su caso significa que es mejor que otras ochenta que ya sacó.


La contracara de este derroche visual viene del otro lado del Mar del Este. Corea cumple y dignifica, y todo gracias a Hong Sang-soo, cuyo reciente ascenso al canon cinéfilo (“el mejor cineasta de una generación”, escuchamos decir hace unos años) amerita una breve introducción.

Si bien es tan prolífico como Miike, su estilo no podría ser más distinto. Mientras el japonés es acción y desmesura, lo de este cineasta de Seúl es pura sencillez y método: paneos sencillos, zooms repentinos que subrayan emociones… ¿Es Hong el Éric Rohmer coreano? Bien podría: Woman on the Beach (2006) —un triángulo amoroso en una localidad balnearia que pasó por el Bafici y por Mar del Plata— tiene mucho de La Collectionneuse, con sus mujeres decididas y hombres en crisis. No es un caso aislado. En todas sus películas, las personas se enamoran, se encaman, se engañan, se pelean, se dicen cosas hirientes, toman litros de soju, se pelean y filosofan sobre la vida, no siempre en ese orden. La obra de Hong no es tan surtida a nivel genérico (hablamos de un cine mayormente realista sobre la vida y las relaciones, lo que alimenta las comparaciones con otro occidental: Woody Allen) sino más bien variaciones sobre un mismo tema.

La propuesta nunca es más transparente que en The Day He Arrives (2011, que también pasó por el Bafici), rodada en un blanco y negro luminoso y protagonizada por Seong-jun, un director de cine que se pierde en Seúl, sale a tomar con estudiantes y toma muchas malas decisiones. Seong-jun, que para colmo de males atraviesa la crisis de la mediana edad, queda atrapado en una especie de Día de la Marmota: su día se repite una y otra vez, con sutiles diferencias según la ocasión. El único motivo por el cual sus desencuentros amorosos no nos hacen reír a carcajadas es porque el efecto cómico es seco, melancólico, casi existencial.

¿Qué nos trae el Hong modelo 2017? Una gran película y una película “menor”. Comenzamos por Yourself and Yours, la menos ambiciosa de las dos. Un hombre joven se enfrenta a rumores que dicen que su novia anda emborrachándose por ahí a pesar de haberle prometido que sólo iba a tomar cinco chupitos de soju por día (o mejor dicho, por noche). A partir de ahí, una historia de gemelas o doppelgangers con el sello inconfundible del surcoreano pero en donde, por primera vez, el alcohol que riega sus películas parecer tomar un lugar central.

Lo mejor llega después. Cualquier persona más o menos familiarizada con la filmografía de este director colocará On the Beach at Night Alone entre las dos o tres mejores obras de Hong. En la superficie, nada parece indicar que estamos frente a una obra maestra. Más aún: la historia (una actriz que se enamora de un director casado) tiene unos ribetes autobiográficos más que evidentes que pueden, en manos poco expertas, derivar sin atajos en uno de esos ego-trips insoportables. Pero la manera en la que encara el desafío hace toda la diferencia. Hay dos claves. Primero, la sencillez como herramienta. Buenas ideas, pocos planos. Una puesta en escena minimalista. Diálogos extensos. A diferencia de Takashi Miike, el de Hong es un cine despojado pero no por eso menos complejo.

On the Beach at Night Alone tiene otro plus que no siempre es lo más destacado en las películas de Hong: sus interpretaciones. Y aunque todos están bien, tal vez ninguna actriz brilló tanto en una película suya como Kim Min-hee (a quien vimos el año pasado en The Handmaiden del gran Park Chan-wook). Algo de esto tiene que haber, porque de hecho ganó el Oso de Plata a la mejor actriz en la última Berlinale. El personaje de Kim Min-hee, que al principio espera de manera infantil una visita de ese hombre con el que tuvo un affaire, de a poco comienza a aceptar su nueva realidad sin por eso negar lo ocurrido, atravesando un doloroso proceso que podemos leer en su mirada y en sus gestos. El resultado es algo superador en la filmografía del surcoreano.

¿Cuál sería entonces nuestra conclusión? ¿Hong le da una vuelta de tuerca al cine independiente y Miike al comercial? La respuesta queda soplando en el viento: las contradicciones no siempre son ecuaciones a resolver. A veces conviven, como la melancolía y el cine de super acción en las noches de Bafici.

Por Federico Poore

Magíster en Economía Urbana (UTDT) con especialización en Datos. Fue editor de Política de la revista Debate y editor de Política y Economía del Buenos Aires Herald. Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), escribe sobre temas urbanos en La Nación, Chequeado y elDiarioAR.

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